No es mi intención hacer un recorrido antropológico por el trato que la humanidad ha dispensado a esa parte de los seres humanos a la que llamamos mujer. La verdad es que la historia nos dice que a esas personas se las ha tratado como a seres de segunda clase. Las confesiones monoteístas, sobre todo, han justificado este trato y han creado el andamiaje propicio para intentar demostrar que la mujer debe estar bajo el dominio y el control del macho supremo de la creación: el hombre.
Hoy en día, en pleno siglo XXI, observamos la cosificación a la que está sometida la mujer en ciertas partes del mundo. Existe un rito matrimonial propio de una cultura africana que el propio Estado define así: una vez entregada la dote por parte del padre del novio a la familia de la novia, esta pasa a ser un objeto propiedad del novio.
Incluso en países que presumen de estar muy avanzados es fácil escuchar frases como: Tú eres mía, o Conmigo o con nadie.
Tanto tiempo mamando de esta cultura ha hecho que a la mujer se la pueda maltratar, remunerar peor por el mismo trabajo, negarle la palabra en público en presencia del marido o impedirle rezar donde rezan los hombres.
En la historia real que desgranamos en El silencio roto, Sisa se rebela. Lucha por sí misma y por sus hijos. Grita a los cuatro vientos que basta de abusos, que no está dispuesta a seguir soportando su propia explotación ni la del resto de las mujeres.