Ese último paseo es una novela que recorre a Bogotá, desde el Cementerio Central hasta sus más incalificables bordes. Como cuadros de costumbres pero de finales del siglo XX, busca afanosamente papeles, documentos, manuscritos, roles o papelones para encarnar la difícil identidad de una ciudad que mal o bien es símbolo de un país. Un profesor universitario asiste a un congreso y pierde unos manuscritos. En la búsqueda de éstos, descubre otros que no estaba buscando y luego se hace adicto a esta forma de escritura vicaria y de lectura activa. Descubre con alarma un complejo de horror que es mitad geográfico y mitad histórico y que se desvanece al mismo tiempo que se esboza la posibilidad de que estamos siendo vistos por una cámara indiscreta. En el límite de la ternura y la paranoia el libro se va construyendo con los andamios a la vista. Con resignación vamos llegando al incendio de una buseta una semana antes del asalto e incendio del Palacio de Justicia. Esto parece ser documental, intercala unos poemas que le van dando perfil a la nostálgica frase que da título al libro y que es extraída de una conversación con Borges, sobre el sentido de su cuento extenso El Congreso. Ese último paseo es todo y es nada, es rito funerario u obligación de leernos como somos, ambiguos y sacrificiales