Llegando a la treintena de vida (meses más meses menos), Payares habla dentro del texto de hijos y divorcios; de desventuras y extravíos con la soltura y la experiencia -digamos- de alguien de cincuenta y es capaz de ver lo pueril que pueden llegar a ser los alumnos que aún están "en la llama estéril que caracteriza la veintena". Etapa que apenas ha cruzado, pero que dentro de lo que nos compete, la literatura, ha ido sumando méritos con su trabajo para proyectarse más allá del común de los noveles escritores. Hotel entonces seduce más allá de la solitaria palabra, ese inmueble efímero e impersonal por el cual todos hemos pasado alguna vez en la vida, y allí, desde adentro, desde cualquiera de sus siete habitaciones que son los siete relatos contenidos en el texto (más el lobby de Quintero), somos envueltos por una fuerza centrípeta narrativa que nos lleva a un punto inevitable que no te suelta, en donde nos encontramos con una voz clara y definida que relata desde su intimidad ficcional, sus pensamientos, temores y fracasos. Además, el narrador muta y se expande, dando cabida a la proyección de la propia voz de Payares, claramente identificable y que se cuestiona a sí mismo cuando dice: "¿No intenté yo mismo construirme un refugio en las historias que contar, en los inventos pulidos con el insomnio y tendidos en bandeja de papel?". VECB