En febrero de 2017, Amaia Arrazola tomó un avión con destino a Matsudo, Japón, para disfrutar de una beca. Su alojamiento: un love hotel reconvertido en residenciaEn febrero de 2017, Amaia Arrazola tomó un avión con destino a Matsudo, Japón, para disfrutar de una beca. Su alojamiento: un love hotel reconvertido en residencia artística y conectado con un salón de pachinko, una suerte de máquinas tragaperras muy populares en el país nipón. Estaba claro que el viaje no la iba a dejar indiferente.A lo largo de un mes, Amaia fue recogiendo diariamente sus experiencias en forma de dibujos, dibujos que ahora forman parte de este diario de viaje repleto de anécdotas, observaciones, asombros. Desde la gastronomía hasta el urbanismo, desde la soledad colectiva hasta la visión del sexo, desde las palabras peculiares hasta por supuesto las artes, nada escapa al lápiz fresco e irónico de esta ilustradora excepcional.
Amaia Arrazola (Vitoria‑Gasteiz, 1984 — Barcelona, 5 de noviembre de 2025) fue una ilustradora, muralista y creadora multidisciplinar española reconocida por su estilo visual vibrante, emotivo y refinado. Estudió Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad Complutense de Madrid y al principio trabajó como directora de arte en el sector publicitario. En 2010 se trasladó a Barcelona para dedicarse de lleno a la ilustración freelance, abandonando el mundo de la publicidad para seguir su vocación creativa.
Su obra se caracteriza por una sensibilidad que mezcla lo íntimo y lo urbano, el dibujo editorial y el muralismo de gran formato. Entre sus libros más destacados figuran Wabi Sabi (2018), una obra inspirada en una residencia artística en Japón, El meteorito (2020), que aborda la maternidad, y Totoro y yo (2022), un homenaje al cine de Hayao Miyazaki. Asimismo, llevó a cabo murales en ciudades como Barcelona, Zaragoza y Madrid, colaborando con marcas, instituciones culturales y festivales de arte urbano.
Su estilo visual incluía trazos limpios, una paleta de colores con toques de intensidad, y temáticas que investigaban la identidad, la emoción, la feminidad y la naturaleza. Su muerte a los 41 años conmovió al mundo artístico y editorial, dejando un legado que trasciende los libros y las paredes: su capacidad para conectar vidas, colores y narrativas.