La poesía de David Sánchez Santillán no tiene concesiones. En su poesía el silencio vale tanto como la frase más audaz. Poesía en la que las palabras hilan su propio ritmo, su cadencia inaudita. Por eso es que las citas de las que el poeta se apropia funcionan aquí, más que como homenaje o diálogo, con una voz maestra, como un guiño cómplice, casi risueño, a los lectores, cuestión de aligerar, siquiera un poco, la aflicción del alma: «Sabemos de qué hablo, ¿no? De apartarme de la dulce noche en que otros se divierten o se olvidan de si en los bares; de quedarme aquí, en la oscuridad de mi cuarto, confiándole mi dolor a la noche y a estas páginas en blanco».